>Mundo Árabe: rebelión sin velos, que pide democracia por Marcelo Cantelmi

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Las revueltas en los países árabes encuentran sus antecedentes en la apertura del Este europeo tras la caída del muro, y en su propia historia tras la descolonización. Egipto es la mayor de un collar de perlas de la constelación árabe donde una clásica rebelión de masas está construyendo estas horas un giro histórico hacia una salida política impensable hasta hace muy poco tiempo. La caída del régimen vitalicio y prooccidental de Hosni Mubarak, que retiene el poder desde hace tres décadas, no es el mérito principal que busca esta histórica protesta. Lo es sí el hecho de que de resultas de esta rebelión ahí, en los otros países árabes y aún más allá, el escenario regional cambió y ya no hay retroceso. N ada será como fue hasta ahora: unas nuevas demandas irrumpieron demoliendo prohibiciones, tabúes y el santuario de esta satrapía eternizada. Es en ese sentido que este es un movimiento civilizatorio y una buena noticia. Pero hay peligros no sólo en las autocracias que defenderán sus privilegios, sino en los aliados de esas dictaduras en Europa o EE.UU. e Israel que con este giro geopolítico pueden perder una gruesa cuota de poder en ese eterno barril de pólvora que es Oriente Medio. Egipto, un aliado crucial de Israel, es el mayor de estos jugadores. El apoyo inicial de la Casa Blanca a Mubarak tuvo aquella substancia, Pero ese respaldo, tras un día de sangrienta represión, derivó en una inusitada presión de Barack Obama sobre el presidente vitalicio egipcio, al que virtualmente le retiró la mano. Es importante notar que este movimiento no es antinorteamericano ni fundamentalista pero el rechazo social a Mubarak puede derivar en cualquiera de esas variantes o ambas. Las reivindicaciones son objetivas: libertad, capacidad de elegir y mejores condiciones económicas en un ambiente verdaderamente democrático. No es justamente lo que propició EE.UU. en esa región. 

El analista Robert Kaplan, ex asesor de George Bush y aún hoy influyente en Washington, cruzó esa lista de demandas en The New York Times con un realismo cercano al cinismo. “Para los intereses norteamericanos —escribió— hay mucho peligro en la democracia. Fueron árabes autócratas como Anwar Sadat o el Rey Husssein de Jordania los que hicieron la paz con Israel. Y fue una democracia la que llevó a Hamas al poder en Gaza”. Aparte de los prejuicios, lo que Kaplan no visualiza y Obama no tiene otra alternativa que hacerlo, es el extremo en que ha disminuido el poder coercitivo de EE.UU. a partir de la crisis global de 2008, la válvula rota que libera a estas fuerzas dormidas. Aquel tsunami económico lastró una enorme deuda al hegemónico norteamericano, pero además profundizó la inequidad del ingreso en el gigantesco suburbio árabe, lo que se combinó con aumentos de hasta ocho veces en el precio de insumos alimenticios básicos como cereales o leche en polvo.

Desocupación, hambre y autoritarismo es la base de esta furia civil.
Es interesante notar que Egipto y Jordania –donde se da una revuelta similar pero aun no tan intensa- han sido por décadas socios principales de la Casa Blanca y de Israel en la región. La misma condición de aliados de Occidente exhibe la gran mayoría de los países árabes cuyas dictaduras experimentan estas repentinas sublevaciones como Túnez, donde triunfó la revuelta, o Yemen, donde se está ampliando. Egipto, en particular, es el segundo mayor receptor de ayuda por parte de Washington tras Israel y ha sido un adversario tenaz de Irán e incluso de Siria y freno para el crecimiento del islam, todo al precio de una autonomía en conflicto con cualquier concepto de república y que EE.UU. respaldaba sin hacer preguntas. Es claro que esta deriva desnuda un agotamiento de ese poder hegemónico que mantenía en caja a estas energías contestatarias. Por eso estallan. Vale preguntarse de qué modo este caldero influirá en los regímenes no protegidos por EE.UU. como el de Teherán, que coincide con sus vecinos en los mismos cepos de recortes de libertades, calamidades económicas y grandes porciones de la población mascullando furia. Es una buena pregunta. La aparición en El Cairo del egipcio Mohamed ElBaradei, un Nobel de la Paz y ex director de la agencia nuclear de la ONU, indica la arquitectura de un relevo en marcha con vínculos en el norte mundial que salvaguarden aquellas alianzas. Seguramente ese camino será seguido si todo se precipita, aunque no es claro cuánto de él se transitará. El levantamiento en Egipto se inspiró en la revuelta en Túnez que volteó la tiranía de 23 años del corrupto pro norteamericano Zine el-Abidine Ben Ali. En ese país se armó un gobierno de transición con la dirigencia de la dictadura. Pero la protesta se mantuvo esta vez contra el intento gatopardista y la alternativa de una salida ultraislámica. ¿Cómo será ese proceso en Egipto, un país diez más grande si se burlaran las demandas populares? Aquella mudanza definitiva del escenario, es la percepción central que deja este amplio movimiento. También el hecho de que es una rebelión sin velos en un espacio donde se usó la religión como arma de control social incluso en la Guerra Fría buscando alejar a los árabes de la influencia de la comunista Unión Soviética. Hay, no obstante, un error intencionado por darle un cariz religioso a la protesta y de ese modo contaminarla. Daniel Pipes director del Foro de Oriente Medio y académico de Stanford refirió en The Washington Times a la existencia de un “movimiento islámico” en la cabeza de la rebelión. Este proceso, que tiene reminiscencias de la apertura en el Este europea o de la caída del muro, acerca a estas naciones menos a las mezquitas que a lo que se pretendió que fueran tras la descolonización cuando nacieron como repúblicas el siglo pasado, con esperanzas de partidocracia, parlamentos y sindicalismo. Eso es lo que abortaron las autocracias, aliadas en muchos casos (Arabia Saudita) con el fanatismo religioso que “moralizaba” con aquello que la gente no debía hacer para mejorar su calidad de vida, organizándose para demandar a las autoridades corruptas. El movimiento de los Hermanos Musulmanes en Egipto, que Mubarak mantuvo prohibido, ha sido, en verdad, cómplice del poder que condenó a la mitad de la población a la pobreza. La dirigencia de los Hermanos recién se sumó a las protesta cuando el aluvión parecía imparable. Antes dijo que apoyaría a la policía contra las marchas. Es que una rebelión laica y política es ácido en la concepción reaccionaria del islam-político; es decir la religión, cualquier religión, en el poder por encima y anulando la legítima autoridad de la gente. Aunque cada país tiene su identidad, hay vínculos que unen a Egipto, Libia, Argelia, Yemen, Siria, Jordania o Arabia Saudita o Palestina por citar sólo una parte de ese mapa: tienen una mayoría de población joven y sin esperanzas; un extendido desempleo (30% en Libia); una inequidad grotesca (45% de pobreza en Yemen) y corrupción generalizada. Esos son los jinetes de este apocalipsis. No hace falta perder el tiempo buscando fantasmas bajo las camas.

Copyright Clarín, 2011.
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