>Israel: Ente ellos y nosotros, el abismo de Bruno Kampel

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LA VERDAD INOXIDABLE. LA MENTIRA BIODEGRADABLE
Evidentemente el nivel ideológico, la profundidad de análisis, la fidelidad a los hechos, que leemos y escuchamos en los artículos y discursos llenos de maximalismos integristas y agresiones vulgares con que la derecha judía (incluidos no pocos ex izquierdistas que aún no se dieron cuenta – o hacen de cuenta que no se dieron cuenta – de que ya no lo son) ataca a todos los que defendemos  los principios y valores de los “meiasdéi Medinat Israel” (fundadores del Estado de Israel), no pasan de ser  un amontonado amorfo de superficialidades, de dogmas religiosos, de verdades a medias, de gruesas mentiras, que delatan en el vocabulario empleado por los articulistas y/o discursantes (“traidores, agentes del enemigo, kapos, colaboradores del terrorismo, judeofobos, etc.) un extremismo que se asemeja al fanatismo del peor de los fundamentalismos. Esos artículos y discursos apocalípticos son la magnificación de todas las consignas dichas y repetidas hasta el hartazgo por los estamentos oficiales, repetición que a la larga acaba por dominar, limitar, desfigurar, la visión de la realidad de “carne y hueso”.

Pienso que los defensores a ultranza del maximalismo mesiánico y los poseídos por el complejo de “súper pueblo” que se apoderó de la mente de tantos en el Estado de Israel (y por ósmosis en la periferia diaspórica) no son los principales culpables de la debacle ética que afecta a los fundamentos básicos sobre los cuales reposan los pilares que sostienen la legitimidad del Estado de Israel, sino las principales víctimas de ese manoseo de los hechos promovido de arriba para abajo, en casi toda la prensa, en casi todos los canales, en casi todos los discursos, en casi todos los partidos. Pero de eso ellos jamás se enterarán, porque si pudieran hacerlo ya lo sabrían. 

Sinceramente, atribuyo a la prensa israelí un papel tan indigno cuan fundamental en ese “lavado de cerebro” que sufre el pueblo del Estado de Israel. Años, lustros, décadas de versiones oficiales acatadas y retransmitidas por los medios (con las excepciones de siempre, las cuáles, con el paso del tiempo, se transformaron ante los ojos y oídos de la mayoría hipnotizada, en casi traidores, en casi antisemitas, en casi enemigos, en casi terroristas).
La verdad sea dicha, el “nikúi rosh” (lavado de cerebro) funcionó. Hoy, cuando la prensa minoritaria de Israel, y/o los informes de las Naciones Unidas, y/o las declaraciones “off-the-record” de las autoridades militares norteamericanas, denuncian con pruebas irrefutables la fundada sospecha de que se hayan cometido delitos que si probados podrían ser tipificados como crímenes de guerra, o el uso de camisetas con mensajes invitando al asesinato de palestinos, entonces los mecanismos de defensa empiezan a funcionar automáticamente. Primero, ignorando la noticia (Ojos que no ven, corazón que no siente). Después, cuando ignorar ya no es suficiente, afirmando que se trata de casos aislados (somos el ejército más moral del mundo). Cuando queda claro que es una tendencia muy arraigada – no apenas entre los soldados sino que en considerables sectores sociales,  acusando entonces a determinada prensa, a determinados periodistas, a determinados países, a determinados judíos, a determinadas autoridades estadounidenses, o de mentir,  o de exagerar, o de deformar la realidad. Y ¡Atención!… que en lo que respecta a la prensa solamente acusan a los periodistas y vehículos de divulgación de izquierda, aunque esas noticias también las divulguen y confirmen los periódicos nacionales e internacionales de centro y hasta de derecha, hecho que ellos ignoran para no inutilizar la tan manoseada teoría de la traición, del auto odio, que usan para catalogar a todos los que “osan” rechazar la versión oficial de la vida y de la muerte.
Se llega a un punto en que no tienen más respuestas a las muchas preguntas que quedan, y eso por dos motivos: el primero, porque no conocen los hechos (ya sea porque no leen o no escuchan nada que no sea la voz del Establishment; ya sea porque están de acuerdo con lo ocurrido, aunque muchos todavia no hayan “salido del armario”, gritando a los cuatro vientos que sí, que odian a los palestinos y que el buen palestino es el palestino muerto); y en segundo lugar, porque ellos “son judíos” y no árabes, ya que súper valorizan al judaísmo y sus actores, y desvalorizan a los palestinos – como personas y como pueblo (“islámicos asesinos”). Entonces, el único recurso a su alcance es la agresión verbal, el insulto, la tentativa de deslegitimar al judío que los contradice (anti sionista, agente del terror, enemigo del Estado, sin derecho a opinar porque no vive en Israel, etc.). 
 Es en esa compañía en la que encontramos a los ex izquierdistas, empujados por las versiones surrealistas y unilaterales de moda, desde las posiciones humanistas y progresistas que la izquierda defiende, hacia el presente, en el que comparten consignas construidas con las teorías de la limpieza étnica de Avigdor Liberman y con las tesis fundamentalistas de superioridad judía. Llenos de verdades a medias, completamente mal informados, absolutamente incapacitados para el debate porque el único contacto que tienen con la realidad es epidérmico, por carecer de los instrumentos de comparación necesarios para poder optar, y sin acceso a las indispensables fuentes de información independientes (en la actualidad, por el hecho de que no quieren saber, y no por no poder acceder a dichas informaciones).
Para ese tipo de personas, el hecho de que el crítico viva fuera de Israel lo descalifica para comentar, opinar, sugerir. Entonces, si la crítica que hace es contra Tzahal o contra la “pureza de las armas”, sálvese quien pueda. Se ponen histéricos. Primeramente, por no creer en los hechos presentados, y cuando ellos mismos descubren  que las acusaciones tienen fondo y forma, entonces pasan a justificar la barbarie propia usando como disculpa la barbarie ajena, y culpando a los “judíos de afuera” de ayudar al enemigo divulgando las verdades que no debían ser divulgadas porque son un asunto que apenas los judíos que viven en Israel pueden comentar (sí, las críticas son una exclusividad de ellos, pero los elogios pueden ser dichos o escritos en Sídney o en Tegucigalpa).
Lo lamentable del caso de éste o aquél judío en particular que haya resbalado hacia posiciones antagónicas a las que defendió toda su vida, es que no se trata del caso de éste o de aquél judío en particular, sino de una “enfermedad” que contagió a una gran parte del judaísmo israelí y diaspórico (a través de las Federaciones, Confederaciones, clubs comunitarios, que apenas divulgan la versión oficial del gobierno de Israel, ignorando o combatiendo toda información que la contradiga).
No me cabe la menor duda que los ocho años de Bush fueron fundamentales para que esa intolerancia, esa prepotencia, esa degradación de principios, esa devaluación de la vida de los adversarios, echase raíces profundas en el suelo de Israel. Sí, demasiada unilateralidad. Absoluta falta de respeto a los tratados internacionales firmados. Apoyo irrestricto por parte de todos los gobiernos (por acción y/u omisión) de los asentamientos/ciudades y demás, que son el gran cáncer que o se extirpa, o acabará con el Estado de Israel democrático, plural, laico, que nos legaron sus fundadores.
No sé si Barack Obama querrá (o peor, si podrá) poner las cosas más cerca del pragmatismo. Sinceramente, lo dudo, aunque desee ardientemente equivocarme.
Pero lo importante y fundamental es que aquellos que como muchos de nosotros (entre los cuales incluyo a Gideon Levy, Uri Avnery, Abraham Burg, Daniel Barenboim) tienen una visión diferente del Estado de Israel de la que tienen los actuales hacedores de guerras evitables y fabricantes de muertos inocentes, continuemos a intentar demostrar que el crimen no compensa; que quien falsifica la realidad acaba siendo víctima de la Verdad. Que la mentira tiene piernas cortas. Ni más ni menos.
Cuanto a los ex izquierdistas, sinceramente lamento que no supieran ignorar el irresistible canto de la sirena de las respuestas agradables pero falsas; de las consignas patrióticas pero sucias de sangre. Espero sinceramente que la Medicina Política pueda encontrar un antídoto eficaz que los ayude a recuperar los valores y principios que la “enfermedad” debilitó.
Espero con impaciencia el día en el que el Tiempo escriba con letras mayúsculas y hechos imborrables, lo que los diarios de Israel no dicen con palabras transparentes transmisoras de verdades, aunque éstas estén llenas de espinas.
Sintetizando: a la novia, al novio, a la esposa, al marido, a los hijos e hijas, a los padres y madres, se mira con emoción y se los juzga con el corazón. A la Política, a los conflictos, a las guerras, a los adversarios, a los enemigos, a las fronteras, a los pros y a los contras, se los mira; se los juzga; se los pesa, con la Razón y nada más que la Razón. En caso contrario, el odio empaña la visión y ofusca el equilibrio; la sangre de nuestros enemigos, derramada en nombre de nuestros amigos, genera la sangre de nuestros amigos derramada para vengar la sangre de nuestros enemigos que derramamos, y viceversa. Y así sucesivamente, hasta que el precipicio sea el único testigo que quede vivo para contar la historia.
O…
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