>El misterioso Reino de Kazar

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La tradición independentista que habían demostrado varias veces los judíos a lo largo de su accidentada historia, como en el insólito y heroico reino de los Macabeos dentro de la propia Palestina, tiene otras manifestaciones casi desconocidas que no podemos sin embargo despreciar, porque son jirones significativos de la historia de Israel. Así en el año 513 d.C. el guerrero judío Mar Zutra se sacudió el dominio persa y fundó sobre la orilla izquierda del Tigris al noroeste de Susa el reino judío independiente de Mahoza que duró solamente siete años hasta que los persas lo aniquilaron. Cuando un famoso mercader judío español, Benjamín de Tudela, realizó un viaje increíble por Europa, Africa y Oriente Medio en los años centrales del siglo XII investigó la situación de los judíos en todas partes; detectó a los judíos negros establecidos en la India, relató cómo los judíos del golfo Pérsico controlaban las pesquerías de perlas y comprobó la existencia de dos enclaves judíos independientes y belicosos: uno en torno a las ciudades fortificadas de Teima y Kaibar, en el interior del noroeste de la península arábiga, cerca de las ciudades sagradas del Islam; otro, igualmente autónomo y arriscado, en las montañas del Yemen, sobre la salida norte del mar Rojo. Pero ninguno de estos reductos judíos se puede comparar al reino de Kazar, a quien el maestro judío de la España islámica, Yehuda Ha-Levi, dedicó su diálogo fundamental Kuzari, y con quien trataron de establecer relaciones los judíos de España.
Kazaria era una región del Asia Central, a caballo entre la mitad norte de los mares Negro (con inclusión de Crimea) y Caspio, que incluía las cuencas bajas del Dniéper, el Don y el Volga, y albergaba a un pueblo nómada cuyo rey, Bulán, se convirtió al judaísmo hacia el año 700 d.C. seguido por la mayoría de su pueblo en que convivían miembros de la religión musulmana, cristianos, bárbaros sin religión conocida y la nueva masa judía. Uno de sus sucesores, Obadia, atrajo a numerosos rabinos que consolidaron la nueva religión y construyeron numerosas sinagogas. El reino judío de Kazar se mantuvo durante trescientos años y la influencia judía intensificó el proceso de urbanización y fomentó la economía basada en la pesca, la ganadería y la agricultura. Los kazares recibieron numerosos emigrantes judíos perseguidos en Grecia, ayudaron militarmente a los bizantinos contra Persia y a los magiares en su conquista de Hungría, lograron una importante expansión por la cuenca del Danubio hasta Panonia y comerciaron por todo el Mediterráneo y Europa central con su miel, sus pieles y sus cueros. La suprema institución de gobierno contaba con dos jueces judíos, dos cristianos, dos musulmanes y un bárbaro. El naciente poder de Rusia inició su ataque a Kazar a fines del siglo x y les fue arrinconando hacia Crimea hasta que en 1016 una expedición combinada ruso-bizantina acabó con tan interesante experimento asiático, carente de fronteras naturales aptas para la defensa. Aun así parece que una sombra del reino judío se mantuvo hasta la invasión de los mongoles; muchos supervivientes contribuyeron a la formación de las grandes juderías de Polonia y Rusia tras la desaparición de Kazar.

Ricardo de la Cierva. El tercer Templo. Editorial Planeta. ISBN: 84-320-5953-6 (pag. 77,78)
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