>Barenboim, el estadista de la música por Pablo Sirven

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Más de un millar de referentes de la cultura argentina lo proponen como candidato al Nobel de la Paz. El célebre pianista y director de orquesta argentino-israelí no se calla nada y siempre va un paso más allá. Nací en la Argentina; mis abuelos eran judíos rusos; crecí en Israel; viví la mayor parte de mi vida adulta en Europa. Pienso en el idioma en que tengo que hablar en cada momento. Me siento alemán cuando dirijo una obra de Beethoven; italiano, cuando dirijo Verdi. La música puede ser la mejor escuela para la vida y, al mismo tiempo, el medio más eficaz para huir de ella.”
Quien así habla es Daniel Barenboim en su libro autobiográfico Mi vida en la música (Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 2003). Decir que Barenboim es un eximio pianista y director de orquesta que acostumbra asombrarnos con sus proezas artísticas (la última, la seguidilla de conciertos con las sinfonías de Beethoven, que dio el año pasado en el Teatro Colón), aparte de no ser ninguna novedad, resultaría del todo insuficiente para definir integralmente a una personalidad que trasciende los escenarios y se interna en la alta política internacional.
Cuando un artista de su relevancia es, además, portador de ideas potentes y provocadoras, pero no en un mero sentido mediático y frívolo, sino en un plano más profundo y filosófico que no se queda en la mera teoría, aparece el inusual hombre de Estado con mayúscula, el que sabe unir cultura y política, sensibilidad y razonamiento. Sólo con esta conjunción de inusuales destrezas pudo emprender con sus propias manos, cabeza y corazón una obra tan compleja, audaz y necesaria como la Orquesta West-Eastern Divan, integrada por jóvenes músicos israelíes y palestinos, que concibió juntamente con el escritor palestino Edward Said, ejemplo de convivencia en el arte entre miembros de dos pueblos aparentemente enemistados.
Viene a cuento Barenboim por varias razones. La primera gran noticia es que su nombre suena firme para ser uno de los grandes candidatos al próximo Premio Nobel de la Paz. En efecto, Isay Klasse, director del Instituto para el Estudio de la Comunicación, la Información y el Libro, ya ha reunido 1200 firmas (los que quieran pueden sumar la suya escribiendo a i sayklasse@ciudad.com.ar), entre las que se encuentran la de Mario Vargas Llosa, Julio María Sanguinetti y buena parte de los referentes de la cultura argentina.
La segunda novedad es que, en la entrevista que acaba de otorgar al diario español El País, vuelve a demostrar su veta de estadista lúcido y no convencional, que habla con aplomo, pero sin evitar los temas ríspidos o antipáticos. Sabido es que sus posturas transgresoras sobre lo que habría que hacer en Medio Oriente despiertan admiración, pero también controversias y malestares.
Resulta muy original, por ejemplo, su punto de vista sobre el efecto dominó de los recientes levantamientos populares en distintos países de Oriente Medio. “Es la primera revolución que no resulta de la manipulación de un liderazgo -apunta Barenboim-. El mundo no ha reaccionado con la apertura que merecía un acto como éste. Y ha sido por miedo: la angustia no da buenos resultados, ni en política ni en música.”
Observa que la actual situación es “una oportunidad histórica [para Israel] si quiere ser parte de los Estados de Oriente Próximo. Si no, quedará siempre como un cuerpo extraño”.
Dispuesto a no ser nunca concesivo con su patria adoptiva, afirma: “El judío israelí ya no es el del gueto de Varsovia, pero se comporta como tal”, y agrega: “Israel debe tener el coraje de demostrar que ve la revolución árabe como positiva”.
Cuando se escucha o se lee lo que dice Barenboim, es fácil deducir que no habla por otros, sino por él mismo, y que no agita consignas superficiales para quedar bien con el poder de turno. Conocer mejor su obra y sus dichos podría servir de inspiración a aquellos artistas locales con repentinas inquietudes políticas que todavía no han sabido canalizar adecuadamente.
Barenboim, como auténtico intelectual y verdadero artista, exhibe en cada palabra y en cada gesto aquello que distingue a los creadores de raza: su enorme libertad y su don de cuestionar el orden establecido. Porque aun compartiendo ideales con un gobierno determinado, el artista de verdad no debe conformarse con ser mera claque, ya que su papel natural es cuestionar, plantear nuevos desafíos y utopías, no conformarse fácilmente.
Consagrado por mérito propio hace décadas, a Daniel Barenboim, a los 68 años, le sería mucho más apacible caminar por el mundo sin meterse en problemas para sólo recoger halagos de los públicos que tanto lo admiran. Sin embargo, sigue eligiendo el camino más difícil: sin perder la calma, pero en un luminoso estado de alerta que no concede treguas, su voz se alza porque siempre hay algo que corregir y mejorar en los que mandan.
Mientras para muchos la música es la excusa perfecta para evadirse de los problemas de la cotidianidad, Barenboim encuentra en ella la manera de estar en forma corporal y espiritualmente. “Parece que la música está fuera de la existencia -dijo a El País hace unos días-, cuando es todo lo contrario: es una expresión del alma humana. Y además, es algo físico. La música es como hacer filosofía y deporte al mismo tiempo.”


Un genio.
psirven@lanacion.com.ar
En Twitter: @psirven

  1. #1 por Abraham Baron el marzo 14, 2011 - 3:20 am

    >que se puede decir de un genio no solamente respecto a la musica si no tambien a lo referente a sus ideas,quisas alguien me contradiga y diga que es un utopico,solo podria decir que este mundo, con las mejores manifiestaciones tanto artisticas como politica,fueron creadas por utopicos que al final de cuentas fueron mas ciertos que el agua pura,con respecto al premio nobel,si a obama se lo dieron sin ninguna verguenza,entonces a berenboim se lo tendrian que dar cada año.

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