>RECUPERACIÓN DE LA MEMORIA HISTÓRICA por Meir Margalit

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El prestigioso escritor argentino Jorge Luis Borges escribió en 1944 un relato titulado Funes el memorioso que gira alrededor de un joven uruguayo —Ireneo Funes—, que a partir de un accidente padece de un raro fenómeno por el cual no puede olvidar absolutamente nada. Nada escapa de su memoria, ni grandes eventos, ni pequeños detalles. Todo lo recuerda con precisión a tal punto que el presente se convierte en algo intolerable porque cada imagen visual evoca en él sensaciones musculares, térmicas, que acaban impidiéndole conciliar el sueño. Pero lo más grave es que no era muy capaz de pensar. Pensar es prescindir de las diferencias, generalizar, abstraer.  En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.  Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.  Este brillante cuento borgiano, es sumamente relevante para el tema de esta disertación y para el proceso que está experimentando la sociedad israelí. En la tradición hebrea se suele decir que: “Recordar es el secreto de la redención”.  Puede que sea cierto, pero el problema con la sociedad israelí consiste en que sufre de un exceso de memoria histórica. Una sobredosis de memoria histórica que intoxica sus venas y contamina sus entrañas. Tal vez sea comprensible que un pueblo de más de 3000 años de historia registrada cargue sobre sus hombros un bagaje tan pesado. La pregunta es: ¿qué hacemos con tanta historia?, ¿dónde la ubicamos cuando el país es tan pequeño y está tan colmado de densidad simbólica que parece no poder contenerla?. El peso es abrumador porque mas allá de ser propia del pueblo hebreo, la historia judía es la historia de toda la tragedia humana. Ella es un drama que trasciende los límites nacionales y habla del hombre y sus debilidades por doquiera que vaya. Pero más allá del excesivo peso, lo peligroso es el efecto aplastante que poseen los capítulos dramáticos de dicha historia, los contenidos seleccionados, y el poder que ellos tienen de atrapar a un pueblo ya  que  se  trata  de  una  historia que viene a reforzar la neurosis nacional. Porque los capítulos tormentosos  sólo logran atormentar, y un pueblo atormentado no es capaz de vivir en paz ni consigo mismo ni con sus vecinos. El lugar dominante que ocupa la memoria histórica en el pueblo hebreo lo ilustra la disertación del eximio escritor israelí Shmuel Yosef Agnon con ocasión de recibir el premio Nobel de literatura 1966. Agnon abre su exposición apuntando que nació en una aldea de Polonia “a raíz de una catástrofe histórica en la cual el emperador Tito destruyó el templo de Jerusalén y exilió a todos sus habitantes”.  Para aquellos que no han comprendido a qué catástrofe histórica Agnon se refiere, les recuerdo que se trata de un acontecimiento ocurrido unos 2000 años atrás, en el año 67 de nuestra era. En otras palabras, Agnon engarza su presente a un episodio acontecido hace dos milenios. No creo que a alguno de los presentes en este congreso se le ocurriera explicar su lugar de nacimiento como resultado de un evento ancestral ocurrido 130 generaciones atrás.  La explicación de Agnon no es sin embargo una licencia literaria ni una posición marginal sino sólo un ejemplo que ilustra cuan marcados están los israelíes por su historia. El pogrom nos define.  Israel mantiene un diálogo permanente entre el pasado y el presente. Entre ambos se da una relación simbiótica, en la que cada episodio pasado hace aflorar una herida que se niega a cicatrizar. Decir entonces que ‘el pasado está presente’ no es una mera figura retórica sino una descripción exacta de la realidad israelí.  El historiador israelí Yoshafat Harkabi decía que la historia no sólo nos acompaña sino que nos persigue!  El pasado se transforma en un elemento determinante, somete y condiciona al presente. Impone sus paradigmas en todos los campos. El filósofo israelí Yehuda Elkana sostiene que en Israel los muertos intervienen en las elecciones parlamentarias ya que su sombra influye substancialmente en el proceso democrático. Incapaz de reconciliarse con la realidad, la memoria histórica no permite mirar adelante ya que un pueblo obsesionado con su pasado histórico, le queda poco espacio para mirar hacia adelante. Es por ello que el sociólogo Israelí Uri Ram habla de un conflicto intrínseco entre un pasadoque pretende enterrar al futuro y un futuro que pretende evadirse del pasado. El pasado puede iluminar caminos pero puede también distorsionar la realidad, en particular cuando se trata de un  pueblo dotado de una “vocación de sufrimiento”, con una predisposición casi-masoquista a tomarse todo a pecho.
Pero para ser claros, no es la historia en sí la culpable, sino los capítulos particulares que seleccionamos y la interpretación que les damos.  Del desván 30 de la historia podemos recoger episodios de toda índole, y cuando elegimos obstinadamente aquellos que acentúan los tormentos, (y la historia judía está repleta de ellos) y los ponemos dentro de un marco meta-histórico, que sostiene que el destino del pueblo hebreo en la diáspora es sufrir eternamente de discriminación, no debe sorprendernos que la conclusión sea acorde con la
melancolía de corte nacionalista.  Para quienes conciben la historia como una secuencia de atentados antisemitas, y dividen al mundo en víctimas y verdugos, el resultado será una profunda desconfianza hacia el prójimo, una enajenación colectiva  y una incapacidad manifiesta para el diálogo.  La lógica dominante israelí sostiene en consecuencia que si el motivo por el cual hemos sido maltratados a lo largo de la historia fue nuestra debilidad, debemos optar por la fuerza a fin de evitar que la historia se repita. El problema reside en que la fuerza se convierte en hábito, y el que la posee tiende a usarla, tanto cuando hace falta como cuando no es necesario. Para el que tiene un martillo en la mano cada problema es un clavo, dice una voz popular, y el problema con la memoria histórica judía radica en que hace hincapié en aquellos capítulos que abocan a la conclusión de que debemos tener un martillo en la mano. De modo que la conclusión no sería   ‘olvidar el pasado’, como  recomienda Nietzsche.  Para este gran filosofo, olvidar es un imperativo profiláctico para la salud mental. La vida está profundamente inmersa en la mentira y para abrir nuevos caminos, hay que desprenderse de todos los fantasmas que acumulamos a lo largo de la historia y tirar por la borda todo lo pasado. Uri Ram habla de la necesidad de adoptar “una amnesia constructiva y creativa”, mientras que Yehuda Elkana – sobreviviente del holocausto en sí mismo, habla de la necesidad de liberar al pueblo de  la dictadura de la memoria histórica. Comparto más la postura de Milán Kundera  quien señala en  El libro de la risa y el olvido:

“El primer paso para aniquilar un pueblo es borrar su memoria. Destruir sus libros, su cultura, su historia. Y después poner a alguien para que escriba nuevos libros, para que elabore una nueva cultura, para que invente una nueva historia. En poco tiempo la nación empezará a olvidar lo que es y lo que fue”.  Incluso estoy de acuerdo con la clásica frase de George Santayana de que “quienes olvidan el pasado están condenados a repetirlo”.   La conclusión seria entonces que lo determinante es escoger de la larga historia del pueblo hebreo aquellos capítulos que sirvan para incentivar la convivencia y la paz, fortalecer la democracia, luchar por la defensa de los derechos humanos y que sirvan para la construcción y vertebración de la sociedad de acuerdo con esos principios rectores. Es precisamente en este punto donde radica la problemática de la memoria histórica israelí. En el corazón del conflicto árabe –israelí están engarzados, o tal vez incrustados, relatos históricos que fundamentan y refuerzan posturas intransigentes e incompatibles.  La historia no transita por nuestras vidas sino que desfila, y al son de marcha militar.  La historiografía sionista recogió del “cubo de basura de la historia” aquellos capítulos que le resulta apropiados y concuerdan con sus posturas prefijadas.  El sionismo se expresa en términos de “volver a la historia”, ya que los siglos en los que el pueblo vivió disperso fueron años perdidos dado que el pueblo judío no era artífice de su propia existencia.

Volver a Sión era no sólo volver a las raíces, sino también regresar a la historia, y dicho proceso reclamaba un gran  sacrificio por parte del pueblo.  A fin de movilizar los recursos para ese sacrificio, el movimiento sionista “explotó” en gran medida una serie de epopeyas destinadas a reforzar el espíritu combativo. A cuatro capítulos históricos nos referiremos a continuación para ilustrar esta tesis: dos de ellos nos remontan a  épocas antiguas y dos a tiempos más recientes. La epopeya de Masada -una fortaleza a orillas del Mar Muerto, que fuera sitiada por las fuerzas Romanas en el año 73 y cuyos defensores prefirieron suicidarse antes de caer prisioneros-  se transformó en un símbolo de la lucha por la libertad, y la célebre frase “Masada no volverá a caer”  se convirtió en el emblema de la lucha por la independencia. Esta es tal vez la versión hebrea del tétrico “Patria o muerte” que ha hecho tantos  estragos en la historia contemporánea. Masada es un mito que alienta posturas extremas, ya que desde el momento en que el suicidio se erige en ideal colectivo, la vida deja de ser un valor en sí mismo.  Mucho  más problemático es el uso que el movimiento  sionista  ha  hecho  de  la  rebelión de Bar-Kojba contra los romanos durante los años 132-135.  Dicha rebelión estalló  para acabar con el yugo romano. El problema con esta revuelta es que por más “justos” que hayan sido sus objetivos, ella abocó a uno de los  desastres nacionales más terribles que haya sufrido el pueblo hebreo en toda su historia.  El drama no yace sólo en el hecho de que el pueblo hebreo perdió una guerra, sino en el hecho de que dicha rebelión no era imprescindible y podía haberse evitado si al recurso a las armas hubieran preferido un acuerdo con los romanos.  Esta posibilidad estaba clara en aquella época, y más de uno previno contra una guerra sin sentido, pero la línea extremista se impuso y a consecuencia de dicha revuelta el pueblo pagó un precio escalofriante -un millón de muertos- entre caídos en combate y aquellos que perecieron por hambre y enfermedades, casi un 90 por ciento de la población de Judea en aquel entonces. La intención de la historiografía sionista era incentivar el espíritu de lucha “por la liberación nacional”. Lo peligroso que tiene el ethos de Bar Kojba es que conduce a conclusiones irracionales, que convocan a luchar incluso cuando la lucha no tiene sentido y existen alternativas pacificas. Otro capítulo ampliamente explotado es la lucha y muerte de Yosef Trumpeldor en la aldea de Tel-Jay en 1921, en la cual la leyenda cuenta que antes de expirar pronunció sus célebres palabras “Es bueno morir por la patria”. Estos relatos podrían ser inofensivos en el seno de una nación que vive en paz con sus vecinos, pero en el contexto del conflicto árabe-israelí, incentivan el extremismo, imposibilitan el diálogo, generan un poderoso impulso agresivo, asfixian las posturas moderadas, y  no dejan espacio para desarrollar una conciencia pacifista.  Pero, sin duda, el capítulo histórico que más ha influido en la sociedad israelí y que más ha marcado su identidad nacional es el relacionado con el Holocausto.  Ningún evento ha sido tan traumático para el pueblo judío como el holocausto y a pesar de una larga historia de persecuciones, nada ha influido tan profundamente sobre la mentalidad del israelí como aquella catástrofe.  Ella ha marcado cada ámbito de la vida israelí incluso, obviamente, el conflicto palestino, y no hay evento público relacionado con el conflicto palestino en el que no aparezca alguna alusión al holocausto.  El ejemplo más actual de hasta qué punto el Holocausto  está presente en la política actual, lo puede ilustrar el debate suscitado por  una nueva ley aprobada en julio del 2007—vergonzosa a mi entender— que declara que las tierras pertenecientes a un organismo semiestatal llamado  Fondo Nacional Judío (KKL) – aproximadamente un 10% de las tierras  del país, están destinadas para uso exclusivo de judíos. En el marco de dicha polémica, círculos liberales sostuvieron que se trata de una ley de corte discriminatoria y racista a lo cual la derecha ‘recluto’ al holocausto ya que ahí donde la izquierda usa el término “racismo” , no hay nada más obvio y natural para la derecha que incluir al Holocausto dentro del debate.  El Holocausto marcó profundamente la memoria israelí en tres niveles: 1.- ha sido ampliamente “explotado” a fin de corroborar la tesis sionista de que sólo en Israel el pueblo judío puede estar seguro y garantizar su futuro. 2- realimenta constantemente el temor de que la historia vuelva a repetirse, y de que los árabes pretendan completar la labor que los 33 nazis no alcanzaron a finalizar en la segunda guerra mundial, temor fomentad en gran medida por declaraciones de dirigentes musulmanes, como el actual presidente iraní Ahmadineyad, que hablan de la necesidad de desarrollar el potencial atómico a fin de “liberar a Palestina” , que  para el Israelí es otra forma de decir- “exterminar a Israel”.  3- Justifica y legitima toda  barbaridad en nombre del exterminio sufrido la pasada generación e invalida el derecho del mundo occidental a criticarnos, por haber sido cómplice pasivo de la destrucción de nuestro pueblo.  Es interesante remarcar que, en sus orígenes, el movimiento sionista, pretendió sinceramente ser un movimiento ético y moral. Dentro de sus filas hubo una vertiente moralista, utopista y humanista que pretendió no sólo redimir al pueblo judío, sino también traer prosperidad a toda la región.  El gran desfase se produjo cuando aquellos pioneros se encontraron frente al rechazo palestino  y tuvieron que adoptar una estrategia militante, que no concordaba con el espíritu humanista que los inspiraba.  Es por ello que la historiografía israelí  hace un esfuerzo titánico en describir los hechos de aquella época de tal manera que concuerden con el código moral imperante, y rechacen la clasificación del movimiento sionista como ‘movimiento colonialista’, por toda la simbología negativa que dicho término vehicula. El ejemplo más candente es el  tema de los refugiados palestinos.  El relato israelí no reconoce que Israel haya expulsado a gran parte de la población Palestina de Israel o, en otras palabras, que haya implementado lo que el historiador Ilan Pappe denomina ‘una política de limpieza étnica’. De acuerdo a la historiografía israelí, los palestinos abandonaron sus aldeas por propia decisión, instigados por la propaganda árabe a fin de abrir camino a los ejércitos árabes que se proponían invadir a Israel.  Este es un capítulo turbio en la historia israelí, y tal vez el mejor ejemplo de que los movimientos nacionales no se manejan de acuerdo con las realidades históricas, ya que el hecho de que archivos nacionales últimamente abiertos demuestren que la expulsión fue fruto de una política deliberada, no ha logrado cambiar la actitud israelí hacia el tema de los refugiados palestinos. Israel no puede reconocer que expulsó por la fuerza a palestinos inocentes porque esta imagen no concuerda con su código moral y ello implicaría reconocer que sus bases históricas están viciadas por un pecado original. No todo pueblo tiene el coraje de reconocer que ha cometido impunemente un crimen de esta índole, amén de las implicancias políticas que ello acarrea.
El Rol del Historiador y de la Historiografía.
Tratándose de una nación tan apegada al pasado, tan adicta al ayer, podría suponerse que el historiador ocupa un lugar central dentro de la sociedad Israelí, y que posee una influencia ilimitada.  Pero la realidad israelí es mucho más compleja.  A diferencia de países que han superado sus conflictos, donde el historiador cumple un papel importante  en lo que respecta a recuperar la memoria, poner cada capítulo en su debido contexto y tratar de entender qué pasó y cómo se llegó a dicha situación, en un país como Israel, que está todavía sumergido en el conflicto, que  vive y revive cotidianamente todas las vicisitudes del conflicto, donde falta perspectiva histórica porque todo es actual y las heridas están todavía abiertas, el historiador es absolutamente irrelevante, salvo que diga exactamente lo que el político de turno quiere escuchar. Y en este punto, se hace necesario aclarar lo que a primera vista parecería ser una contradicción: la historiografía es importante- el historiador menos. Existe una gran diferencia entre el papel de “La Historia” dentro de los conflictos nacionalistas y del “Historiador” en dichos conflictos.  Mientras que el rol de “La Historia” es sumamente significativo, el de los historiadores es prácticamente insignificante.  La importancia de la historiografía deriva del hecho de que todo movimiento nacionalista necesita relatos históricos que auto-justifiquen su postura. El relato histórico es una de las armas más populares dentro del arsenal nacionalista. Cada bando hace uso instrumental de la historia para reforzar sus objetivos, sus aspiraciones territoriales.   La historia es moldeada, usada, o tal vez manoseada, con fines políticos e ideológicos a fin de  justificar cualquier barbaridad y legitimizar  posiciones revanchistas, que responden a la lógica de suma cero- ‘o ellos o nosotros’. Esto es parte de un proceso de prostitución histórica, destinada a movilizar lo  que el sociólogo alemán Georg Simmel denomina “los impulsos emocionales” de las masas, aquellas creencias hipnotizantes que transforman a la gente de ‘sujetos’ en ‘objetos’  y convierten a pueblos en carne de cañón. Los relatos históricos que cada bando utiliza tienen como objetivo estimular lealtades étnicas, reforzar los frentes más fundamentalistas de la sociedad, legitimar la violencia, acrecentar lo que el historiador Martín Alonso denomina “el discurso del resentimiento”.  La  historiografía cumple un papel primordial en la construcción de los mitos fundacionales, en la configuración de los imaginarios colectivos y es usada por aquellos que ostentan el poder para legitimar la estructura social vigente y crear una sociedad unificada, o domesticada, que es exactamente lo que necesita la oligarquía para gobernar. Los políticos recurren frecuentemente a argumentos históricos para enmarcar los juicios sobre el presente. Y lo hacen no tanto buscando la verdad sino la verosimilitud, la plausibilidad del relato histórico vigente. La importancia del relato histórico en el caso de Israel es sumamente significativa dado que tratándose de una sociedad profundamente fragmentada, se hace imprescindible difundir un relato histórico hegemónico que facilite la creación de un colectivo unificado y transforme a un conglomerado humano multiforme en ‘pueblo’. A fin de lograr ese objetivo se necesitan dos elementos: un enemigo en común y una historia en común. La forma más simple de consolidar una  historia común es recurriendo al denominador común más bajo, aquel que  recalca las páginas de patriotismo y sacrificio que son tan seductoras, puesto que solo alrededor de esos capítulos se logra crear una identidad colectiva común  a judíos de origen tan diverso. En este aspecto Israel ha renunciado a la  riqueza cultural que podría extraer de dicha heterogeneidad y ha optado por la línea monolítica que reduce todo a una ‘historia’ -en singular-, en lugar de dar cabida a ‘historias’ -en plural-, muy lejos de un multi-culturalismo que  requiere una capacidad integradora y una madurez social todavía en pañales.   Por  si todo esto fuera poco, el tema  de la memoria histórica en Israel tiene todavía que superar algunos conflictos de identidad no resueltos, entre ellos, ¿a qué “historia” nos referimos cuando se habla de la historia de Israel? Tratándose de un pueblo tan heterogéneo,  disperso durante siglos, con un bagaje cultural tan diferente y memorias  históricas tan distantes, no es nada simple definir de qué historia hablamos cuando nos referimos a  “la historia de Israel”, ¿es la de los judíos europeos  o la de los orientales? ¿qué tienen en común la historia de los judíos marroquíes y la de los judíos polacos, y cómo incluimos la historia de los judíos  de Etiopia?  Todas estas dudas están íntimamente relacionadas con otro tema también pendiente en la sociedad israelí, el tema de la identidad nacional, o, en otras palabras, ¿‘qué es el judaísmo’: un pueblo, una religión, una cultura, una etnia, una raza? y ¿’quien es judío’- aquel que nació de madre judía, de acuerdo a la ley hebrea, o todo  aquel que se integro al pueblo judío independientemente de la procedencia de sus antepasados?. A todo esto se agrega otro dilema no resuelto que también tiene implicaciones historiográficas, y gira en torno a la pregunta ¿qué tipo de sociedad quiere Israel construir -etnocéntrica-nacionalista o democrática liberal?. Cada respuesta requiere un relato histórico diferente, ya que la postura etnocéntrica narra la historia de aquellos que pertenecen al pueblo judío mientras que la postura democrática debe incluir la historia de todos aquellos que habitan la tierra de Israel, incluyendo a los árabes que viven en ella, y estas son dos líneas históricas absolutamente diferentes, una es cerrada y exclusivista, la otra abierta e incluyente.  Así, sucesivamente, la historiografíaisraelí se enfrenta a una larga serie de dudas no resueltas hasta este momento que obstaculizan la posibilidad de definir claramente a qué historia nos referimos cuando hablamos de memoria histórica israelí.
Vale acotar que la historia, por su propia naturaleza, se presta a estas manipulaciones, puesto que  toda lectura histórica es selectiva, parcial y subjetiva.  Dicha actitud, no es propia de los políticos, sino que es una particularidad de la misma disciplina histórica ya que no existe la historia imparcial y objetiva.  La historia da para todo, y un mismo hecho histórico  puede conducir a dos conclusiones opuestas, depende del ángulo desde el que se le mira.  Toda historia es subjetiva ya que está escrita en base a aquello que cada historiador consideró digno de remarcar. Aquello que no le interesó, está condenado al olvido, o a la espera de otro historiador con distinta perspectiva histórica que la redime del olvido eterno.  A pesar de la importancia de la historiografía en pueblos todavía estancados en su fase nacionalista, en la arena social concreta el rol del historiador es insignificante.  Paradójicamente, esto no tendría que ser así, ya que es precisamente en momentos conflictivos cuando el historiador tendría que ejercer una mayor influencia, a fin de tratar de ubicar los acontecimientos en su debido contexto,  y en particular descifrar los procesos que condujeron al estallido del conflicto. Entender el proceso que condujo a un callejón sin salida puede ayudar a encontrar la salida del mismo. Es aquí cuando se necesita al historiador no sólo para describir el  curso de los acontecimientos sino para develar los mecanismos, las manipulaciones, los intereses o los velos invisibles que dieron lugar a dichos acontecimientos.  Cada uno de nosotros, israelíes y palestinos, somos producto de manipulaciones políticas y de intereses foráneos y es precisamente el historiador aquel que posee los medios profesionales para denunciarlos, desactivar los relatos violentos y sustituirlos por relatos incluyentes, tolerantes, humanistas, que iluminen caminos de convivencia en lugar de callejones sin salidas.  Pero en la realidad del Cercano Oriente esto no se vislumbra, por lo menos en el plazo inmediato,  dado que el conflicto está tan cargado de ideología que nada de lo  que el historiador descubra o publique
parece afectar a la percepción de los protagonistas.  Cada cual usa al pasado, al igual que al presente, de acuerdo con  a sus creencias, sus convicciones y sus conveniencias.  En situaciones de extrema polarización, el pueblo prefiere los  símbolos auto-confirmativos a las “pruebas históricas”. Los historiadores influyen cuando sus opiniones convergen con las del grueso de la opinión pública, en tanto contribuyen a reafirmar los mitos de la tribu y en la medida en que proporcionan relatos legitimadores para los políticos que los cooptan. El caso de Beny Morris, unos de los iconos de la línea revisionista histórica que se “convirtió” al derechismo es ilustrativo y absurdo, puesto que después de haber cambiado de bando, fue calurosamente adoptado por círculos nacionalistas a pesar de no haber renegado a ni una sola frase de sus estudios historiográficos. Beny Morris se transformó en un “respetado historiador”, no por lo que escribe sino por lo que opina sobre política  actual. Este ejemplo demuestra cuán irrelevante puede ser un historiador -en tanto que científico- en el marco de un conflicto candente. Dado  que en sociedades nacionalistas tensionadas los argumentos son prácticamente irrelevantes, de nada cambiaría demostrar que la historia sea tal o cual, ya que lo que prima es la postura ideológica y las creencias prefijadas que tenemos insertadas en nuestra mente, y ellas no se atienen a pruebas objetivas ni se rigen por el criterio de imparcialidad. El hombre funciona de acuerdo a esquemas mentales preestablecidos, estructuras simbólicas profundamente arraigadas en la mente humana, en la medida en que son subsidiarias de los valores asumidos. A ojos de grupos israelíes nacionalistas, de nada serviría demostrar contundentemente que los palestinos tienen derechos históricos sobre sus tierras, de la misma forma que a ojos de grupos islámicos intransigentes, de nada cambiaría demostrar que el pueblo judío tiene derechos históricos a la tierra de Israel.  Por más versado que sea el historiador, éste no es capaz de liberar a un pueblo del yugo de las ideas prefijadas. Aquel que ve en el historiador un posible agente de cambio, está ingenuamente equivocado.  Toda la polémica histórica generada  actualmente  en Israel  por la escuela de los historiadores post-sionistas como Ilan Pappe, Abi Shlaim, Simja Flapan y demás, que gira alrededor de los orígenes del sionismo y los métodos implementados durante la  creación del estado de Israel, no lograran cambiar la percepción histórica del israelí medio ni su disposición a encarar la realidad de manera diferente. Es cierto que estos historiadores lograron socavar al relato oficial,  introdujeron conceptos nuevos, alternativos e incluso revolucionarios dentro del discurso historiográfico nacional, y hasta es probable que estos logros intelectuales sean el primer paso hacia la des-sionizacion del Estado de Israel, pero  también es cierto que a pesar de la repercusión que han tenido en el campo académico, no lograron traducir estos logros a acciones concretas, porque  no ha habido un cuestionamiento del sistema de valores correlativo.  Más aun, a pesar de que estas innovaciones históricas cumplieron más de 20 años, no consiguieron entrar ni siquiera a los libros de historia escolares, que todavía siguen reproduciendo el mismo material histórico desgastado y anticuado. En el mejor de los casos toda esta polémica intelectual servirá  para desplazar a  media docena de simpatizantes de la izquierda moderada hacia la extrema izquierda, pero no mucho más que eso.  Dar luz a capítulos de la historia no tiene nada que ver con iluminar las mentes y abrir los ojos.  A gente politizada no se la confunde con pruebas históricas. Así como un climatólogo no puede cambiar el clima, un historiador no puede influir sobre los relatos históricos que cada bando adopta para su comodidad.  Es interesante remarcar, que a pesar de lo dicho anteriormente, la derecha israelí confiere a los historiadores post-sionistas una influencia determinante y nefasta sobre la identidad israelí. Estos sostienen que los historiadores post sionistas socavan las bases sobre las cuales ha sido fundado el estado de Israel y por ende hacen peligrar su existencia.  Dicha postura produjo un intenso debate una década atrás, cuando quien fuera ministro de educación, Yosi Sarid, dispuso la creación de una comisión estatal que revisara la línea ideológica de los libros de historia utilizados en el sistema educativo y ordenó cambiarlos por libros con una línea menos nacionalista. La derecha israelí se exasperó y anunció que se niega a usar los nuevos  libros de estudio que el ministerio introdujo, acusándolos casi de traición.  Es extraño ver, por un lado, cuán irrelevantes son los historiadores, y por otro, cuanto temor les tiene la derecha, acaso, como lo explica Martín Alonso,  porque temen la erosión de los cimientos  en que descansa el contrato de ignorancia deliberada, y también porque es una manera de demostrar quién es el dueño del relato y de la hegemonía cultural.
A Modo de Conclusión
En una de las obras de teatro más impactantes de los últimos tiempos, el dramaturgo israelí Shmuel Asfari  resumió en forma tajante y aguda, la problemática de la memoria histórica que intente transmitir en esta ponencia. En  su  obra    “Jametz”    se  centra  alrededor de un joven “terrorista” israelí involucrado en una serie de atentados  dirigidos a incendiar todos los museos históricos de Israel y en un discurso conmovedor antes de ser apresado hace un llamado a la generación joven y los advierte –”Jóvenes- tengan cuidado con los museos históricos. Cuando vuestros maestros les cuenten historias heroicas, tápense los oídos, cuando los lleven  a visitar campos de batalla o de concentración, pongan la mirada en el culo de las alumnas,…Pues quien es mas peligroso-  aquel que produjo sufrimientos en el pasado o aquel que quiere grabarlos en los corazones eternamente.
Meir Margalit: Nacido en Argentina, llegó siendo un convencido joven sionista de derechas que venía a luchar por el sueño del Gran Israel. Pero tras la guerra de Yom Kippur, en la que fue herido, comenzó a comprender que la ocupación era un error, que no valía el sacrificio de tantas vidas. Hoy, al frente del Comité Israelí contra la Demolición de Viviendas (ICAHD).
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